Hubo un tiempo intermedio, raro, corto, pero feliz, en que viví con mi papá y mi mamá juntos. Los tres bajo el mismo techo de San Felipe, aunque las que compartíamos cama éramos mi mamá y yo; y él, mi papá, dormía en una single en el cuarto de al lado. Fue el único tiempo en que me despedí de él antes de ir al cole, incluso una foto hay por allí.
Fue un tiempo de lo más divertido, mi papá es una persona muy interesante. Dibujábamos con sus pinceles y colores acuarela, me enseñaba técnicas y todo eso. Actuábamos. Hacíamos coreografías con mi primo Daniel (la de Pedro Navaja fue una que se nos quedó a los dos grabada en la cabeza). También me enseño a reflejar emociones con movimientos en la cara.
Una de las cosas más divertidas que recuerdo fue la cacería de moscas. Había una plaga, una de las tantas que azotaron Lima en los ochentas. Decenas de moscas adultas, gigantes, metidas en mi casa de San Felipe. Como matarlas con mata moscas era una tarea frustrante, y mi mamá ya estaba de mal humor por eso, mi papá decidió convertirlo en un juego.
Tomó los secadores de la cocina, uno para cada uno, y los enrolló. Un extremo en cada mano, y a quedarse inmóvil, siguiendo el vuelo de una mosca con los ojos, levantando una ceja, y luego la otra para hacerme reír. Y de pronto PAFF!! Cual lengua de sapo, el secador tronó en el aire, y mosca al suelo.
Yo era muy torpe para hacerlo -todas se me escapaban- así que me nombró la portadora oficial de los cadáveres. En el otro secador, envuelto como un cojín, iba recogiendo y poniendo cuidadosamente las moscas. Juntamos como diez, y luego, en fanfarria de desfile militar, fuimos a presentarle el botín a mi madre, que saltó y gritó de asco por la ofrenda, mientras yo me cagaba de risa.
Hoy llegué de malas a mi casa, y encontré una mosca gigante en mi cocina. Comencé a jugar la cacería de moscas, hasta que, luego de cuarenta minutos empecé a reír. Sigo siendo muy mala en eso, se me escapó. Pero me divertí recordando esa buena época.
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