Durante mis primeros seis años, mi viejo, mi pa (aunque no le guste que le llame así, es lo que me sale) fue un personaje legendario, que vivía al otro lado del océano, que enviaba casetes con mensajes y canciones, e historietas imaginadas sobre mí, en vez de cartas. Mi mama se ocupo siempre de que lo vea así, como en las fotos. Ese misterioso batero entre los humos de los cigarros, con melena rulosa y negra, bigote ancho y cara seria. Esas eran sus fotos, tocando, durmiendo, fumando, o con la toda la banda, posando, bien bacanes ellos, para la foto del disco.
Cuando jugaba a la ronda con mis primos, cantando “Mambrú se fue a la guerra, que dolor que dolor que pena. Mambrú se fue a la guerra no se cuando vendrá…” no se porque, me invadía una nostalgia de ese hombre al que no conocía. Ganas de que venga, para la pascua o para navidad, jajaja, jajaja, o para navidad.
Y no sé si es exactamente así como paso, o es ya un recuerdo fabricado en mi cabeza. Pero creo que fue justamente un día de esos, de juegos en el parque de la casa de la abuela Rosa, que se apareció.
Un flaco asomó la cabeza desde atrás de una pared, risueño, con el pelo corto, y afeitado. “Hola Amandita -seguro que dijo- soy tu papá”. Y no se si le habré contestado lo que pensé (nunca se lo he preguntado), pero lo que pensé fue “no… tú no eres mi papá. Mi papá es Mambrú, con pelo largo, bigotes y muy serio, traje de soldado rojo y azul; y vive al otro lado del mundo. Tu no puedes ser mi papá”.Claro que, seguramente, las suspicacias habrán ido menguando con el tiempo, al ver que todos lo recibían como Germán, el retornado. Pero tengo muy clara esa sensación, de no creerle ni a él, ni a mi mamá, ni a los demás, a pesar de que insistían. La imagen que tanto cuidó mi mamá que yo tuviera de él, se había vuelto más grande que él mismo. Hasta hoy, para mí, mi pa (aunque no le guste que lo llame así) es ese personaje mítico, del que se muy poco, y al que hago pocas preguntas. Creo que me gusta que sea ese personaje, aunque me da un poco de tristeza no conocer al Germán real, que dicen que es extraordinariamente inteligente y sensible (lo he comprobado un par de veces). Es más divertido, para mi niña interior, que siga siendo Mambrú
domingo, 25 de mayo de 2008
Cacería de moscas
Hubo un tiempo intermedio, raro, corto, pero feliz, en que viví con mi papá y mi mamá juntos. Los tres bajo el mismo techo de San Felipe, aunque las que compartíamos cama éramos mi mamá y yo; y él, mi papá, dormía en una single en el cuarto de al lado. Fue el único tiempo en que me despedí de él antes de ir al cole, incluso una foto hay por allí.
Fue un tiempo de lo más divertido, mi papá es una persona muy interesante. Dibujábamos con sus pinceles y colores acuarela, me enseñaba técnicas y todo eso. Actuábamos. Hacíamos coreografías con mi primo Daniel (la de Pedro Navaja fue una que se nos quedó a los dos grabada en la cabeza). También me enseño a reflejar emociones con movimientos en la cara.
Una de las cosas más divertidas que recuerdo fue la cacería de moscas. Había una plaga, una de las tantas que azotaron Lima en los ochentas. Decenas de moscas adultas, gigantes, metidas en mi casa de San Felipe. Como matarlas con mata moscas era una tarea frustrante, y mi mamá ya estaba de mal humor por eso, mi papá decidió convertirlo en un juego.
Tomó los secadores de la cocina, uno para cada uno, y los enrolló. Un extremo en cada mano, y a quedarse inmóvil, siguiendo el vuelo de una mosca con los ojos, levantando una ceja, y luego la otra para hacerme reír. Y de pronto PAFF!! Cual lengua de sapo, el secador tronó en el aire, y mosca al suelo.
Yo era muy torpe para hacerlo -todas se me escapaban- así que me nombró la portadora oficial de los cadáveres. En el otro secador, envuelto como un cojín, iba recogiendo y poniendo cuidadosamente las moscas. Juntamos como diez, y luego, en fanfarria de desfile militar, fuimos a presentarle el botín a mi madre, que saltó y gritó de asco por la ofrenda, mientras yo me cagaba de risa.
Hoy llegué de malas a mi casa, y encontré una mosca gigante en mi cocina. Comencé a jugar la cacería de moscas, hasta que, luego de cuarenta minutos empecé a reír. Sigo siendo muy mala en eso, se me escapó. Pero me divertí recordando esa buena época.
Fue un tiempo de lo más divertido, mi papá es una persona muy interesante. Dibujábamos con sus pinceles y colores acuarela, me enseñaba técnicas y todo eso. Actuábamos. Hacíamos coreografías con mi primo Daniel (la de Pedro Navaja fue una que se nos quedó a los dos grabada en la cabeza). También me enseño a reflejar emociones con movimientos en la cara.
Una de las cosas más divertidas que recuerdo fue la cacería de moscas. Había una plaga, una de las tantas que azotaron Lima en los ochentas. Decenas de moscas adultas, gigantes, metidas en mi casa de San Felipe. Como matarlas con mata moscas era una tarea frustrante, y mi mamá ya estaba de mal humor por eso, mi papá decidió convertirlo en un juego.
Tomó los secadores de la cocina, uno para cada uno, y los enrolló. Un extremo en cada mano, y a quedarse inmóvil, siguiendo el vuelo de una mosca con los ojos, levantando una ceja, y luego la otra para hacerme reír. Y de pronto PAFF!! Cual lengua de sapo, el secador tronó en el aire, y mosca al suelo.
Yo era muy torpe para hacerlo -todas se me escapaban- así que me nombró la portadora oficial de los cadáveres. En el otro secador, envuelto como un cojín, iba recogiendo y poniendo cuidadosamente las moscas. Juntamos como diez, y luego, en fanfarria de desfile militar, fuimos a presentarle el botín a mi madre, que saltó y gritó de asco por la ofrenda, mientras yo me cagaba de risa.
Hoy llegué de malas a mi casa, y encontré una mosca gigante en mi cocina. Comencé a jugar la cacería de moscas, hasta que, luego de cuarenta minutos empecé a reír. Sigo siendo muy mala en eso, se me escapó. Pero me divertí recordando esa buena época.
Ella baila solita
Esa es mi canción. No confundir. No es una de esas amelcochadas pop del grupo que lleva un nombre parecido. Esa es la canción que mi papá escribió para mí, cuando recién daba mis primeros pasos, de baile, que creo que fue antes de empezar a caminar, como todos los bebes. Es muy sencilla en la letra, a ritmo de funky. El coro es algo como “Ella baila solita, desde chiquita, desde chiquita.
Chiquitita chiquitita-tita
Eeeeella baila solita, amanda, amanda”
Y luego es solo “movía la cabeza y movía los pies, movía todo el cuerpo, y …. No me acuerdo más. Creo que era cualquier cosa que se le ocurriera a papá mientras saltaba rascando la guitarra a toda velocidad.
Mientras tuvo su banda Alias:Alias me la dedicó en cada tocada. Recuerdo el roche de las dedicatorias en el Sargento Pimienta de Miraflores y en el MediRock, ya desaparecidos bares donde yo entraba de contrabando, a los 13 años, por ser hija del cantante. Pero me divertía mucho escucharla, y, creo, a él también tocarla.
Y sí pues, yo bailo solita, con mi propio pañuelo desde chiquita. Como dice mi canción. Bailar en solitario en un lugar donde, por convención, hasta hace no mucho, había que hacerlo con pareja, o peor esperar a que alguien te saque a bailar, es un acto de libertad.
Y parece que seguí haciéndolo por años. He pasado bochornosos encuentros en medio de más de una comisión, donde algún amigo de la familia se pone a recordar mis bailes solitarios en diversas circunstancias, delante de mi equipo de trabajo. Episodios que son motivo de carcajada general luego, en la oficina.
Puede parecer tonta, infantil (bueno es una canción para poner a bailar a un bebe), pero creo que mi viejo se refería a otra cosa, a algo que podía, o debía ser en mi más que solo bailar. Creo que le gustó ese acto de libertad, y quiero pensar que se proyectó a que iba a ser así en todo. Bailar, moverme en la vida solita, con seguridad, sin reparar en lo demás, y libre. Como quiera, cuando quiera, y donde quiera. Como tiene que ser.
Chiquitita chiquitita-tita
Eeeeella baila solita, amanda, amanda”
Y luego es solo “movía la cabeza y movía los pies, movía todo el cuerpo, y …. No me acuerdo más. Creo que era cualquier cosa que se le ocurriera a papá mientras saltaba rascando la guitarra a toda velocidad.
Mientras tuvo su banda Alias:Alias me la dedicó en cada tocada. Recuerdo el roche de las dedicatorias en el Sargento Pimienta de Miraflores y en el MediRock, ya desaparecidos bares donde yo entraba de contrabando, a los 13 años, por ser hija del cantante. Pero me divertía mucho escucharla, y, creo, a él también tocarla.
Y sí pues, yo bailo solita, con mi propio pañuelo desde chiquita. Como dice mi canción. Bailar en solitario en un lugar donde, por convención, hasta hace no mucho, había que hacerlo con pareja, o peor esperar a que alguien te saque a bailar, es un acto de libertad.
Y parece que seguí haciéndolo por años. He pasado bochornosos encuentros en medio de más de una comisión, donde algún amigo de la familia se pone a recordar mis bailes solitarios en diversas circunstancias, delante de mi equipo de trabajo. Episodios que son motivo de carcajada general luego, en la oficina.
Puede parecer tonta, infantil (bueno es una canción para poner a bailar a un bebe), pero creo que mi viejo se refería a otra cosa, a algo que podía, o debía ser en mi más que solo bailar. Creo que le gustó ese acto de libertad, y quiero pensar que se proyectó a que iba a ser así en todo. Bailar, moverme en la vida solita, con seguridad, sin reparar en lo demás, y libre. Como quiera, cuando quiera, y donde quiera. Como tiene que ser.
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